La posible entrada de Santiago Matías, Alofoke, al escenario presidencial era una eventualidad que muchos veíamos venir. Hoy todavía no existe una candidatura formalmente proclamada, pero la apertura pública del Partido Reformista Social Cristiano ha sido suficiente para introducir una dinámica distinta en la conversación electoral dominicana. Ya no se trata simplemente de preguntarnos si Santiago Matías podría participar en política, sino de determinar hasta dónde está dispuesto a llevar esa posibilidad.
Su nombre aparece en un momento particularmente interesante. Casi uno de cada cuatro dominicanos declara no simpatizar con ninguna organización política. Ese bloque, que individualmente supera al PLD y a la Fuerza del Pueblo, no constituye todavía una fuerza organizada, pero representa un enorme territorio electoral disponible. Son ciudadanos que no necesariamente esperan milagros, pero que parecen cansados de escuchar las mismas promesas administradas por los mismos actores.
A esto se suma un vacío ideológico evidente. Desde una perspectiva conservadora, las principales ofertas electorales dominicanas se mueven entre el centro y el centro izquierda. El PRM, el PLD y la Fuerza del Pueblo presentan diferencias de liderazgo, estructura y estilo, pero pocas diferencias doctrinales verdaderamente profundas. Existen organizaciones nominalmente conservadoras, pero ninguna ha logrado construir una propuesta nacional de derecha que sea moderna, potable, competitiva y capaz de hablarle al ciudadano común.
Santiago Matías entra precisamente en ese espacio. Es un empresario exitoso, una figura que construyó su influencia desde abajo y una persona que ha respaldado causas conservadoras y de derecha con las cuales me identifico personalmente como activista. Tiene alcance, capacidad de comunicación y una conexión con sectores populares y juveniles a los que la política tradicional apenas consigue hablarles sin sonar como un comunicado redactado por una comisión.
Es inevitable que algunos intenten establecer un paralelismo con Donald Trump. Ambos proceden del mundo empresarial y mediático, ambos comprendieron el valor de comunicarse directamente con su audiencia y ambos aparecieron en momentos de profundo cansancio con la política tradicional. Sin embargo, llevar demasiado lejos la comparación sería un error. Sus trayectorias, formaciones, temperamentos y contextos institucionales son completamente diferentes. El parecido está en el fenómeno del outsider mediático, no necesariamente en el liderazgo, el carácter ni la visión de Estado.
Además, convertir audiencia en votos es una ciencia distinta. Un millón de reproducciones no equivale a un millón de electores. Una comunidad digital puede reaccionar, comentar y compartir desde su casa, pero una candidatura necesita estructuras provinciales, delegados, defensa del voto, financiamiento, disciplina territorial y ciudadanos dispuestos a hacer filas bajo el sol para llenar las urnas. En los medios se conquista atención. En política hay que conquistar confianza.
Gobernar también exige algo mucho más complejo que diagnosticar correctamente los problemas. El Estado dominicano está sometido a presiones sociales, empresariales, partidarias, internacionales y presupuestarias que empujan simultáneamente en direcciones distintas. Cada sector quiere amarrar su carreta al Estado y obligarlo a avanzar hacia donde le conviene. Mantener el centro de gravedad, sin dejarse arrastrar por cada interés momentáneo, requiere formación, equipo, paciencia y una visión nacional que sobreviva incluso cuando gobernar deje de producir aplausos.
También debe quedar claro que el PRSC no es una compañía propiedad de un solo dueño. Abrirle las puertas a Santiago Matías no equivale a entregarle automáticamente la candidatura presidencial. Sus propios estatutos establecen procesos internos, modalidades de elección y una Convención Nacional para escoger al candidato. Una proclamación pública puede iniciar una negociación, pero no sustituye la institucionalidad partidaria, sus dirigentes, su militancia ni los costos políticos y temporales de construir un proyecto presidencial.
Esa es precisamente mi inquietud, no una valoración negativa sobre Santiago Matías. ¿Estamos ante una decisión que será llevada hasta sus últimas consecuencias, con un candidato presente y trabajando hasta mayo de 2028, o ante una jugada más dentro de un tablero ocupado por actores conocidos? El tiempo dará la respuesta. No sería la primera aproximación de Matías a una candidatura, por lo que esta vez la diferencia no estará en el anuncio, sino en la permanencia, la estructura y el sacrificio que esté dispuesto a asumir.
La reaparición de Gonzalo Castillo, quien ya declaró abiertamente que buscará la Presidencia en 2028, y la entrada de Alofoke en esta conversación aceleran el calendario político. A estas alturas de junio, quienes pretendan incidir seriamente en las próximas elecciones tendrán que comenzar a definirse antes de octubre. El año 2027 se perfila como un auténtico garrotero político, con el oficialismo buscando sucesor, la oposición reorganizando sus fuerzas y nuevas figuras intentando ocupar el espacio dejado por la desconfianza ciudadana.
Por ahora, la llegada de Santiago Matías al ring es interesante, legítima y potencialmente beneficiosa para el debate nacional. Obliga a los partidos tradicionales a mirar sectores que habían dado por descontados y devuelve a la conversación la posibilidad de una oferta política distinta. Pero estar fuera del ring permite opinar sobre todos los golpes. Estar dentro obliga a recibirlos, responderlos y permanecer de pie.
Solo Santiago Matías podrá demostrar si busca ser una propuesta real para la sociedad dominicana o una pieza influyente dentro de una negociación mayor. En política, como en los negocios y en la vida, las intenciones se anuncian con palabras, pero solamente se demuestran con tiempo, consistencia y consecuencias.